17 jul. 2012

MÍNIMA ENTROPÍA


MÍNIMA ENTROPÍA

El concepto de entropía ha sido, desde su misma aparición, éxito de taquilla.
Con una actitud virósica ha contaminado, desde su lugar de nacimiento (los sistemas cerrados de la física), todo lo que lo rodea, desde lo más cercano -la física, justamente, lo lleva hasta los confines del universo- hasta las disciplinas más lejanas, como -por ejemplo- el psicoanálisis (Freud no pudo evitar la fascinación de un concepto que parecía poder abarcar todos los espacios de saber).
Lo cual seguramente ha tenido bastante que ver con su posición respecto de otro concepto fundamental para el pensamiento de occidente: desde una física que se instala en un campo atravesado (se sepa o no) por la metafísica que la marca, la entropía viene a sustentar -llevándola a una especie de versión definitiva- a la noción de equilibrio.
El desorden absoluto y total, al punto de que todo intercambio (y transformación) energético sería imposible, es el estado (y el momento) en que el equilibrio reinaría por doquier, en un universo indiferenciado e indiferenciante.
Forma tanática que Freud captó rápidamente como asociada a lo que se denomina "aumento de entropía" y que parecía el destino inevitable e irreversible.
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Estoy en casa y soy un tipo desordenado.
(Gabi, mi pareja, también, de un modo completamente distinto.)
Sin embargo.
Ese desorden -inevitablemente- plantea regiones diferenciales, microsistemas que hacen que el sistema que los contiene forme constelaciones que se alejan de esa equiprobabilidad (a la que se ha denominado desorden) en la que estarían sumidas.
De pronto, me encuentro con que eso que parecía tender irremisiblemente a un estado de entropía máxima, genera zonas diferenciales, lugares que "se alejan del equilibrio" (diría Prigogine) en los que algo (un libro que necesito) tiene -lo sé- una probabilidad de ser encontrado mucho más alta que en otros.

Entonces.
Recuerdo, acto que también se sitúa -quizás- del lado de la entropía negativa, uno de los maravillosos metálogos de Bateson:
(...)
Padre: Efectivamente. Veamos ahora qué es lo que llamas "arreglado". Cuando tu caja de pinturas está colocada en un lugar ordenado, ¿dónde está?
Hija: Aquí, en la punta de este estante.
P.: De acuerdo. ¿Y si estuviera en algún otro lado?
H.: No, entonces no estaría arreglada.
P.: ¿Y si la ponemos en la otra punta del estante, aquí?
H.: No, ése no es el lugar que le corresponde, y además tendría que estar derecha, no toda torcida, como la pones tú.
P.: ¡Ah!... en el lugar acertado y derecha.
H.: Sí.
P.: Bueno, eso quiere decir que sólo existen muy pocos lugares que son "arreglados" para tu caja de pinturas...
H.: Un lugar solamente.
P.: No, muy pocos lugares, porque si la corro un poquitito, por ejemplo, así, sigue arreglada.
H.: Bueno... pero pocos, muy pocos lugares.
P.: De acuerdo, muy muy pocos lugares. ¿Y qué pasa con tu osito de felpa y tu muñeca y el Mago de  Oz y tu suéter y tus zapatos? ¿No pasa lo mismo con todas las cosas, que cada una tiene sólo muy, muy pocos lugares que son "arreglados" para ella?
H.: Sí, papá, pero el Mago de Oz puede ir en cualquier lugar del estante. ¿Sabes una cosa? Me molesta mucho, pero mucho cuando mis libros se mezclan todos con tus libros y los libros de mamá.
P.: Sí, ya lo sé. (Pausa).
H.: Papá, no terminaste lo que estabas diciendo. ¿Por qué mis cosas se ponen de la manera que yo digo que no es arreglada?
P.: Pero sí que terminé... precisamente porque hay más maneras que tú llamas "revueltas" que las que llamas "arregladas".
(...)[1]
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Rosana Storti produce dos gestos simultáneos, en dos planos de visibilidad (y también en dos niveles significantes) distintos.
Por un lado, el más inmediato, ya que es el lugar de visibilidad de la obra, de lo que se muestra en la muestra y que me llevó a la pregunta por la entropía o, mejor, a preguntas que involucran -de modo desplazado y con extrapolaciones que ningún científico querría avalar- a la entropía o -en todo caso- a lo que ese concepto ha posibilitado.
Preguntas con o sin signo de interrogación.
Preguntas por el estado de cosas y los estadios (hasta en su significado vinculado a los deportes) diferentes que puede ser una "casa", los modos en que ese espacio (ámbito no meramente físico) se (o podría hacerlo) reconstruye, su tendencia entrópica o inercial y los lugares que provocan un alejamiento del equilibrio.
¿Qué hago con la ropa sucia? ¿Y la limpia?
Alguien va a decir que esas preguntas no tienen que ver con la entropía sino con la ignorancia de la dinámica de una casa (de un hogar).
Sin embargo, tal vez no hacerlas cada vez que se hace una pila de ropa planchada o un bollo de ropa para lavar es el síntoma de una caida inevitable hacia un lugar de entropía máxima.
¿Qué hace Storti con la ropa?
¿De quién es esa ropa?
¿Cómo es que esas pilas de ropa, esas plantas, ese inodoro, el baño mismo -lugar más íntimo que el dormitorio- han recorrido un viaje tan largo hasta el MAC?
Viaje más largo en el tiempo que en el espacio, seguramente. Porque han tenido que desandar un destino entrópico para volverse significantes a partir de ese mismo destino.

Sí, el arte contemporáneo.
Ese lugar que no sabemos bien qué es, pero que nos da la posibilidad de estos viajes (viaje como desplazamiento, corrimiento que no involucra un trayecto espacial).
Y Pitu (ahora que estamos tratando temas hogareños, familiares podemos llamar a su autora Pitu, como le dicen sus allegados) se coloca allí, para darse cuenta de que tiene un montón de cosas desordenadas; para saber que el componente obsesivo puede hacer algo más que pésimas publicidades de productos de limpieza.
Por el sólo hecho de estar ahí.
Pero porque estar ahí se torna des-habitual, des-habituado desde una mirada que las reclama para rescatarlas del lavarropas entrópico.

Y aquí aparece el segundo gesto.
Storti (volvemos a la distancia que da el apellido) trabaja la casa (en tanto representación) desde hace tiempo.
Con maquetas.
Lo que ocurre en esta muestra, en ese nivel de discurso sobre la obra misma que parece ineludible en los trabajos contemporáneos, es que las maquetas se ampliaron, empezaron -improbablemente- a aumentar la escala (no físicamente tal vez, sino en ese espacio de producción que llamamos mente) hasta devenir el espacio mismo que mostraban a escala.
Inversión rigurosa del mapa del reino de Borges.
Paso o hiato entre dos modos de representación.
Pero, sobre todo.
Resistencia. Alejamiento de ese lugar -el lugar- entrópico, inercial que acecha -constantemente- a todo artista: quedarse en la comodidad de lo transitado, de lo conocido, tranquilizador y familiar.

Allí, ese gesto se une al anterior: ambos se sitúan en esa lucha -desigual si las hay- contra un modo de mirar que transforma todo en indiferencia.



                                                                                              Roberto Echen
                                                                                              Rosario, 1 de julio de 2012


[1]    Bateson Gregory, Metálogos, Metálogo: ¿Por qué se revuelven las cosas? en Pasos hacia una ecología de la mente, pp. 30,31. Ediciones LOHLÉ-LUMEN, 1998.

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